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Artesanas de Oaxaca plasman el mar con hilados


Oaxaca.- Devora Oviedo no quita los ojos de los 550 hilos del telar. Sus dedos cuentan cada uno mientras sus labios apenas y se mueven. Casi nunca se equivoca al plasmar en el lugar correcto las guras del mar, mismas que habitan en su mente y que no dibuja ni tiene un patrón.

Más de 40 años frente al telar hacen de esta mujer una experta en el oficio de los hilos, de las últimas que viven en San Mateo del Mar, esa franja de tierra que abraza un océano y una laguna.

Devora tiene 59 años y es una de las más de 80 mujeres huaves, o ikots, que se dedican a la elaboración del telar de cintura en esta comunidad y que han rescatado el oficio.

Comenzó a tejer a los 13 años —bajo la tutela de su abuela—, la misma edad que tiene su nieta Dayra, quien también teje en sus horas libres,
después de clases.

Es de las pocas artesanas que pinta sus hilos de algodón con materiales naturales, como la cáscara del guachinalá y la corteza del árbol de caoba, elementos que recolecta en el campo y los pone a hervir hasta conseguir el color.

Cuando el agua está en su punto más alto, sumerge los hilos hasta que agarran un color café, luego los enfría y los cuelga en mecates para su secado. Pese a que conserva las técnicas de teñido natural, ha diversificado sus diseños.

Dice que en sus inicios comenzó con servilletas, luego siguieron los enredos —una especie de enagua de una sola pieza—, los huipiles y los chales.

Ya con la modernidad y las exigencias del mercado, ahora también crea bolsas, manteles, carteras, portacelulares, pantalones, camisas y hasta portavasos.

Se perdía el ocio El telar de hilos de algodón se estaba perdiendo en esta comunidad del sur de Oaxaca, hasta que el Instituto Nacional Indígena (INI), que luego pasó a ser Comisión para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), centró los ojos en las pocas familias que aún lo conservaban y ofreció apoyos para abrir nichos de mercado fuera de la región. La estrategia surtió efecto y hoy ya son más de 80 mujeres que viven de este oficio.

Incluso, son las más jóvenes las que de nuevo han incluido estas prendas en su vestimenta diaria, pues a pesar de que las mujeres de San Mateo elaboran piezas en el telar de cintura, la mayoría no las utiliza, y prefieren la enagua y el hupil de bordado o tejido a máquina de colores chillantes.

Devora fue una de las mujeres que impulsaron el telar de cintura. Hace más de 15 años formó una cooperativa con 19 tejedoras que llamó Monjüey mandel (tejedoras de mantel) y que comenzaron a recibir apoyos por parte del INI.

Con el tiempo, el grupo comenzó a disminuir por la poca venta de los productos, pero hace unos 10 años estas prendas volvieron a tener demanda en el mercado nacional, por la moda de lo tradicional.

Ahora, en el hogar de Devora todas sus hijas, sobrinas y nietas son tejedoras e integrantes de la cooperativa. Casi siempre son invitadas a participar en las ferias artesanales del estado o a nivel nacional porque, con el tiempo, lograron tener una marca registrada por la calidad de sus productos, que fue avalada por la CDI, lo que ayuda a que oferten a mejor precio.

“Antes nos compraban muy barato las revendedoras. Llegaban al pueblo, sacaban los productos, iban a las ferias o a los mercados a venderlas más caras, pero nos enseñaron a organizarnos, a tener un registro, una marca.

Ahora, nosotras vamos a venderlo personalmente y tenemos más ganancias”, explica.

La artesana detalla que desde que tienen su marca, mucha gente viene a buscarlas para encargarles piezas especiales. “Nosotras ponemos el precio.

Ahora es un negocio que nosayuda a vivir bien a las que nos organizamos”. Hombres y niños participan San Mateo del Mar es una población originaria
que se rige por usos y costumbres, y cuya lengua es considerada huérfana, porque no tiene ningún parentesco con ninguna otra en el mundo, por lo que el día que se deje de hablar se perderá. Aquí, las mujeres se dedican a la venta de productos del mar y apenas hace 10 años obtuvieron el derecho al voto.

El municipio es habitado en total por 14 mil personas, de las cuales 12 mil son hablantes de la lengua huave y 11 mil (68%) viven con un grado de marginación muy alto, según la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol).

Por ello, que el telar de cintura haya renacido en San Mateo significa una oportunidad de empleo bien remunerado para unas 7 mil mujeres que habitan la comunidad, de las cuales al menos la mitad vive en pobreza.

Pero en la casa de Ofelia Gijón Balaez no sólo las mujeres se dedican al tejido de cintura, también su hermano y los hijos de él. Ante la falta de empleo en el pueblo y la baja producción del mar, muchos hombres decidieron entrarle a este oficio antes reservado a las mujeres, sobre todo después de los terremotos de 2017.

“En mi familia, al principio sólo las mujeres tejíamos, porque así ha sido, pero luego vino la sequía y la laguna no tuvo agua, hubo poca pesca, y para rematar vino el terremoto que nos destruyó.

Algunos hombres decidieron apoyar en el tejido, ante la demanda de los productos de telar fuera de la región, ya que al ser San Mateo uno de los pueblos dañados, se fijaron mucho en las artesanas y las ventas se dispararon”, comenta Ofelia.

Arte inspirado en el mar A sus 75 años, Romualda, la madre de Ofelia, no se sabe bien las partes que integran su telar, pero asegura que eso es lo que menos importa.

Le basta saber utilizar bien las ocho varas que atraviesan sus 600 hilos. Desde la cabeza que se sujeta a un mecate atado a un árbol o un poste de madera, hasta el que llama machete, que es una tabla plana que sirve para comprimir los hilos.

Para tejer, las mujeres huaves se sientan en sus patios en pequeñas sillas y para mantener el telar firme, lo atan a una faja que se colocan en la cintura.

Así lo hacen Ofelia y Romualda todos los días desde las cinco de la mañana y hasta las ocho de la noche, pero si hay pedidos concluyen a la una de la madrugada.

Si trabajaran ocho horas al día, cada una de estas mujeres tardaría un mes en elaborar un huipil de 600 hilos, y mes y medio en hacer un rebozo de 550 hilos, dependiendo de los dibujos.

El precio en el mercado también varía, dependiendo del tipo de hilo, el teñido y la cantidad de motivos bordados. Los huipiles más sencillos cuestan mil 100 pesos directamente con ellas en el pueblo, pero el precio aumenta si el producto lo ofertan en ferias, ya que se agregan los gastos del viaje.

Los más caros llegan a costar 3 mil pesos, si el hilo es de lino, y los rebozos se venden hasta en 4 mil pesos. De ahí, los precios de bolsas y servilletas van de 200 a 400 pesos la pieza.

Al ser los huaves una etnia cuya vida gira alrededor del mar, es muy común que en sus textiles reproduzcan elementos marinos, como peces, camarones, cangrejos, delfines, caracoles, tortugas y hasta sirenas, pero también plasman chimpancés, estrellas, flores y grecas.

Para las siete mujeres de la familia de Ofelia, que integra la cooperativa Jarünch Sap (Hilo de algodón) , las mejores fechas para la venta son a mitad y fin de año. Además, aseguran que 70% de sus creaciones se van a la ciudad de Oaxaca y la Ciudad de México.

Credito: eluniversal.com.mx

 

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