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Consumir menos es mejor que consumir “eco”, tanto para el planeta como para nuestra felicidad

Pocas personas hoy en día se atreven a negar que nos encontramos en una crisis ambiental. Y esto obliga a cambiar nuestros patrones de consumo, eso también es algo que en mayor o menor medida tenemos claro. Pero al mismo tiempo, vivimos en una sociedad materialista y hemos sido educados para gastar y consumir. ¿Hay alguna manera de cuadrar las dos cosas?

La realidad al respecto es bastante complicada, como pone en evidencia un artículo reciente. El estudio en el que se basa trata de medir el impacto sobre el medio ambiente, pero también sobre la felicidad de las personas, cuando cambian los hábitos de consumo.

Para hacerlo, se han centrado en dos grupos de personas con conciencia ambiental. El primer estereotipo es el de los “materialistas verdes” – tal y como los llaman en el artículo – que son aquellas personas que quieren contribuir a proteger el planeta, pero no quieren dejar de comprar productos nuevos. Por ejemplo, favoreciendo productos nuevos fabricados a partir de materiales reciclados, o con prácticas respetuosas con el medio ambiente – ecofriendly, para entendernos.

Para el segundo grupo no han encontrado un término para agruparlos, y consistiría en personas dispuestas a consumir y tener menos, con tal de proteger la naturaleza.

El resultado respecto a la protección del planeta es obvia. Quienes deciden comprar menos, consumir menos, reparar productos en lugar de tirarlos y comportamientos similares, contaminan e impactan menos. Es una obviedad, pero en muchas ocasiones es importante nombrar las obviedades.

Una vez que nos hemos quitado esto de en medio, ¿qué podemos decir en cuanto a la felicidad? Podemos darle muchas vueltas y analizarlo desde distintos puntos de vista, pero no deberíamos engañarnos: que nuestros comportamientos nos aporten sensación de felicidad es imprescindible para que se fijen, para que los mantengamos a largo plazo. Si no nos sentimos felices, no vamos a mantener patrones de comportamiento, ya sean dietas, consumo, hábitos de vida saludable o cualquier otro.

Y aquí la cosa se complica. Los dos grupos en los que los investigadores separaron a la población tienen visiones muy distintas, esencialmente porque la diferencia ya se basa en cómo perciben la felicidad. Así que tratar de que cada uno tenga el comportamiento asociado al otro grupo ni es útil ni ofrece conclusiones relevantes.

Pero sí se puede tratar de comparar entre ellos, hasta cierto punto. ¿Quién de los dos percibe sus usos y costumbres como más contribuyentes a su felicidad? No es fácil medir algo así, obviamente, pero hay buenas aproximaciones, que es lo que han realizado en el estudio.

Y las conclusiones son claras. En términos generales, los “materialistas verdes” se perciben a sí mismos como menos felices con sus hábitos de consumo que aquellos dispuestos a reducir su consumismo. Y eso que los “materialistas verdes” no deben ser confundidos con gente caprichosa: son personas que conciben la sociedad moderna como un sistema basado en el consumo. Si no hay consumo, la economía se ve afectada y con ello la sociedad.

Pero aunque entiendan el mundo de esta manera, su percepción del problema ambiental y su conciencia a ese respecto les generan cierto problema. Por eso su solución, la de seguir consumiendo – tal vez algo menos, pero seguir consumiendo – pero favoreciendo productos y bienes lo más sostenibles posibles lo entienden como una solución intermedia, que les aporta “felicidad consumista” pero les penaliza en lo ambiental.

En cambio, aquellos que optan – o son capaces de adoptar – por unos hábitos alejados del consumo de productos, sienten que su conciencia ambiental y sus patrones de consumo están en consonancia y por lo tanto se sienten más felices.

Créditos: es.noticias.yahoo.com

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